Por David A. Varela Trejo

Cuán exigente es escribir sobre el amor. Tal como advierte Rilke a un joven poeta en una de sus cartas, aquellas formas “que son demasiado habituales y corrientes: ésas son las más difíciles, pues se necesita una gran fuerza y maduración para dar algo propio”, ahí donde muchas, brillantes y hermosas mentes ya han parido ideas radiantes (2004, p. 23). Por ello, confiado en que no diré nada nuevo y que otras mentes ya han dicho mejores cosas sobre el amor, librado del peso de ser original, me ocupo brevísima y críticamente del amor que, supuestamente, las perras y perros sienten por nosotros.

Con naturalidad, afirmamos que el amor de una perra −o perro− es incondicional, palabra que designa lo relativo a no tener restricciones ni delimitaciones. Decimos de ellos que son fieles, voz que, como adjetivo, significa creyente de una religión, leal, digno de confianza. El verbo latino fido −fiarse de, entregarse con confianza− se convirtió en el nombre “Fido”, altamente popular en el imaginario sociocultural mexicano, que distingue algo sobre la especie Canis lupus familiaris y su relación con nosotros. Como Solovino, otro ejemplo, el perro que solo-vino quién sabe de dónde, siguiendo el rastro humano, advirtiendo la posibilidad de una compañía duradera. Gracias a su entrega, confianza y lealtad, a un amor irrestricto e ilimitado, el perro, de antigua estirpe lupina y digitígrada, ha llegado a ser −como versa el dicho popular− el mejor amigo del hombre: amigo, del latín amicus, que deriva del verbo amare: amar y amor.

No me atrevo a llamar a ese íntimo vínculo que mantiene Canis con lo humano −al menos en nuestro extraño occidente− un destino afortunado o una simbiosis exitosa, en el romántico tono y sentido a veces dado a ese concepto biológico, que mágicamente vuelve natural la dominación humana. A decir verdad, nuestra especie ama de maneras complicadas. No olvidemos que el vocablo amor comparte raíces con la palabra amo y sus detestables consecuencias políticas, culturales, morales, económicas y etcéteras.

Cuando decimos: esa perra es mi mejor amiga, invocamos a su fidelidad, su connatural lealtad. Así debe de ser un buen perro: de raza, bonito, que no ladre, que no destruya, que obedezca, que cuide, que no suba al sillón, que no coma caca, que no se ensucie, que no salte de emoción al vernos cruzar la puerta, que no nos huela la entrepierna; que no se interese por los suyos cuando anda por la calle, ni por los olores que lo circundan e interpelan; que sepa quién manda, quién es el líder de la manada, porque, según el adiestrador y los programas de la televisión, eso es lo correcto. Las perras y perros son amantes románticos: abnegados, sufrientes, víctimas de instintos y pasiones hacia su amo −a quien su corazón pertenece− que lo hacen proclive al atropello de su dignidad. Por amor, creemos, esperan nueve horas en casa y se romantiza este hecho diciendo además que, aunque eso no lo hace feliz, al final del día nosotros somos la recompensa a esa prolongada espera, eso lo hace valer la pena. ¿Qué diría el perro?, quién sabe…

Ahora, en tiempos de pandemia y encierro, la cosa cambia. Entonces nos preguntamos cuánto van a sufrir cuando volvamos a la rutina fuera de casa. Cuán ansiosos los irá a poner nuestra separación, porque nos aman y no hay mayor goce para ellos que vivir a nuestro lado, ni peor tortura que la de estar separados. El feminismo ha enseñado que el amor romántico, vivido como una práctica cultural, se ha construido como una fuente de autorrealización: el amor es sufrimiento y éste autoriza la creencia de que, así, sufriendo, se ama de verdad (Illouz, 2012, p. 14). Es este amor el que obliga a las y los perros a aceptar la sumisión. ¡Pobres perros! sólo nos saben amar, sólo son “ángeles sin alas” puestos en este mundo para ayudarnos a nosotros a ser mejores. Sólo eufemismos para aceptar el servilismo como un amor dado naturalmente, sólo un cúmulo de expectativas a cumplirse en función de nuestros deseos de ser amados.

Pero a pesar de todo, los perros nos aman, pueden sentir por nosotros algo parecido a eso que llamamos amor, un amor perruno. Los conocimientos biológicos sobre la química de su cerebro, su comportamiento social, así como sobre las variaciones genéticas asociadas con la domesticación, son prueba de ello (Safina, 2017, p. 277). Los perros son capaces de sentir algo bello por nuestra especie, y por ello, es injusto que carguen con un estereotipo romántico de “amante incondicional”, que pesa sobre sus cuerpos y da razón a su existencia. Safina sugiere, en un tono de admiración, que con los perros “hemos criado a las personas que nos gustaría ser: fieles, trabajadores, atentos, protectores, intuitivos, sensibles, cariñosos y generosos con quienes lo necesitan” (2017, p. 277).

Quizá una persona atenta haya advertido que he caído en una contradicción: que, por un lado, critico el estereotipo cultural del perro como un amante incondicional, un amigo fiel y leal; y por otro, ensalzo justamente esas virtudes como dignas de corresponderse amorosamente. Empero, nunca he negado que Canis sea un buen amigo o que sepa mucho sobre lealtad y fidelidad. Como diría Chimamanda Ngozi Adichie, a propósito de los estereotipos, el problema con ellos “no es que sean falsos, sino que son incompletos” (2018, p. 22). Es decir, que los perros son algo más que amigos, amantes, leales o fieles: son perros con intereses por cosas de perros, como olerse las colas, comer caca o naricear arbustos repletos de orines; al margen de nuestras humanas proyecciones sobre sus hábitos, cuerpos y su subjetividad. No tienen porqué ser amigos para merecer respeto. Y la lealtad, lo mismo que el amor o la obediencia, es algo que se gana y debería entenderse como el germen de un trabajo conjunto para entender a la Otra, al Otro, y no como fruto del miedo o el dolor para conseguir obediencia. Si los perros son personas, ese adjetivo supone reconocer que no vinieron al mundo a cumplir nuestros deseos, sino que son fines en sí mismos.

Tristemente, a pesar de la evidente amabilidad con la que muchos canes nos tratan, utilizamos su nombre como insulto. Ya lo dijo José Emilio Pacheco:

Despreciamos al perro por dejarse
domesticar y ser obediente.
Llenamos de rencor el sustantivo perro
para insultarlos.
Y una muerte indigna
es morir como un perro.

Decimos “solo como un perro” para enfatizar una soledad mayor, la consciencia de la falta de compañía. “¡Ay soledad! / Soledad de cerro en cerro / Todos tienen sus amores / y a mí que me muerda un perro”, canta un verso de son jarocho del grupo Mono Blanco. Quiero ser tu perro, es la entrega completa y total al otro, dejarse a merced de su deseo, por amor. Quizá así Sofía Viola −compositora argentina− canta “Ser tu perro”: como una reivindicación de que se puede querer más a un can que a un ser humano y como una expresión de la máxima entrega amorosa. Perro/Perra, paradoja incómoda, expresión de lo sublime y lo terrible en cuanto a vínculos sociales. Denigrado o ensalzado en las causas políticas, las perras y perros que pueblan el extraño occidente ladran que no son lobos, que su porvenir no está en un pasado jerárquico y que su lugar en la vida social merece un punto y aparte. Porque, como un acto amoroso y de cuidado, su vida ya no puede quedar despolitizada.

Hay que adoptar la idea de que los canes son personas, seres con vidas interesantes, que se proyectan de manera consciente en el mundo y siempre en acto. Seres que se refrescan en la fuente de su propia vida, en donde van y beben otros seres, como los humanos. Con ellos (nosotros), principalmente, han mantenido una complicada relación simbiótica, de dominio, cruel y amorosa que valdría la pena recapitular para contar otra historia. ¿Podemos ser el mejor amigo del perro? ¿Podemos ser sus fieles compañeros y construir otras realidades? Compañeros y compañeras, del latín comedere y panis: compartir el mismo pan, de donde deriva acompañar y compañía.

Referencias

Illouz, E. (2012). Por qué duele el amor. Una explicación sociológica. Katz

Ngozi Adichie, C. (2018). El peligro de la historia única. Random House.

Pacheco, J. E. (2013). Nuevo álbum de zoología. Era / El Colegio Nacional / Instituto Sinaloense de Cultura.

Rilke, R. M. (2004). Cartas a un joven poeta. Hiperión.

Safina, C. (2017). Mentes maravillosas. Lo que piensan y sienten los animales. Galaxia Gutemberg.